
Todo lo bueno del café
Efectos benéficos del café
Café, cafeína y salud: todavía hay muchos mitos que desmentir
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La historia del café también puede trazarse haciendo referencia al origen de la palabra: café deriva del término "Kaffa", ciudad de Etiopía de donde se cree que procede la planta.
Esta crecía espontáneamente a 1000/1300 metros de altitud.
Es en los países árabes islámicos donde surgen los primeros establecimientos públicos dedicados al consumo del café. En algunos documentos árabes del 900-1000 d. C., el uso que se menciona de esta bebida es puramente curativo. A pesar del celo del pueblo árabe, el café se difundió ampliamente por casi todo el Oriente. En 1500 la bebida registra un éxito creciente, de manera que nacen las primeras cafeterías, lugares públicos de reunión y degustación, primero en la Meca y después en Constantinopla. En estas regiones, donde la religión musulmana prohíbe el uso del alcohol por considerarlo contrario a las enseñanzas del Corán, la difusión del café fue considerable. De hecho, contrariamente al consumo de bebidas alcohólicas, prohibidas como toda sustancia capaz de embriagar o entontecer, el café estaba considerado como un excelente estimulante de las facultades intelectivas y de dotes como el valor, así como enemigo del sueño y buen afrodisíaco. No por nada esta bebida se definirá después humorísticamente en Europa como el «vino de los árabes». Con el cambio que se produjo en los valores culturales a raíz de la afirmación del Humanismo y del Renacimiento, y doscientos años después del Iluminismo, el consumo de sustancias alcohólicas sufrió una importante disminución. Los momentos de placer y de ocio que antes se buscaban a través de ellas fueron reemplazados en parte por otros elementos. El más importante de ellos fue precisamente el café. El «puente» para el consumo del café entre Oriente y Occidente fueron los turcos otomanos. Bebedores empedernidos de café, lo tomaban a todas las horas del día porque lo consideraban una bebida convival, y lo ofrecían en señal de amistad en las reuniones y en las ocasiones de socialización. A principios del siglo XVII, época de intenso tráfico y comercio por parte de viajeros europeos con el Nuevo Mundo y con Oriente, el café aparece en los países europeos, en primer lugar en Inglaterra. En 1683, cuando se vieron obligados a interrumpir el asedio de Viena, los turcos abandonaron algunos sacos de café bajo las murallas de la ciudad. De ellos nació la pasión de los vieneses por esta bebida. La primera cafetería del Imperio Asburgico, el Zur Blauen Flasche, se abrió ese mismo año. La introducción del café como producto de lujo en la costumbre europea de la época se debe a los venecianos y a su sentido de los negocios. De hecho, en 1645, se abre en plaza San Marco la primera «bodega del café» oficial. Logra tal éxito que un siglo después el gobierno veneciano se ve obligado a suspender la concesión de licencias, dado que en la ciudad las bodegas de este tipo habían llegado a ser más de doscientas. «Una vez corría el aguardiente, ahora está en boga el café», observa Ridolfo en "La bodega del café" (1750), comedia de Carlo Goldoni ambientada en una de las típicas tabernas venecianas. Al principio las cafeterías eran vistas con recelo, sobre todo por los productores de alcohol de Europa y de Oriente, pero muy pronto tanto los soberanos como los estados comprendieron que esta sustancia podía representar una fuente de riqueza. Hasta el punto que Luis XIV utilizó los impuestos del café para financiar algunas de sus expediciones militares. Los ciudadanos protestaron contra estos impuestos inicuos y, en 1732, inspirándose precisamente en las protestas populares, J.S. Bach escribió la «Cantata del café»: el éxito del café se había hecho universal. La llegada de las cafeterías a Italia no se produjo sin reacciones contrarias. En un primer momento fue contrastada por la iglesia, que intentó prohibirlas porque las consideraba como lugares de perdición. No obstante, antes de emitir la condena papa Clemente VII quiso probar «la bebida del diablo», y le agradó tanto que le impartió inmediatamente una bendición rebautizándola como «bebida cristiana». Entre las cafeterías italianas más importantes recordamos el nacimiento en Venecia del célebre Café Florian en 1720, seguido por el Café Aurora en 1723. En 1760 nace en Roma el Café Greco, mientras que en 1733 se inaugura en Florencia el Café Grilli. En un censo del año 1763 resulta que solo en Venecia había nada menos que 218 cafeterías. Estos establecimientos pronto se convirtieron en puntos de referencia para la cultura y el arte de los iluministas. En el Café Florian de Venecia se reunían para conversar personajes del calibre de Byron, Rousseau y Silvio Pellico, mientras que por el Procope de París pasaron d'Alembert y Voltaire, de quien la leyenda dice que tomaba cincuenta cafés al día. Por último, es necesario recordar que en 1764 el iluminista Pietro Verri funda en Milán la célebre revista «El café», precisamente con la intención de «despertar» a la cultura italiana. A partir de la segunda mitad del Siglo XVII y durante todo el siglo siguiente, el café conquista lenta, pero inexorablemente, todas las ciudades europeas más importantes. Entra en las cortes reales, en los salones más exclusivos, en las casas burguesas y en las costumbres de los intelectuales y los artistas y de gran parte de los ciudadanos, revolucionando sus gustos y costumbres. Por otra parte, la luz de la razón requiere estar despiertos y listos para el debate, y el café, contrariamente al vino que enfervoriza pero ofusca el recuerdo, es adecuado para suscitar discusiones lúcidas y agudas y mantener despierta la mente. Entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, el cultivo del café se difundió también en el Nuevo Continente, hasta tal punto que las necesidades europeas actuales son cubiertas casi totalmente por las producciones procedentes de América Central y de Brasil. Aunque es cierto que el grano de café está indisolublemente vinculado a los descubrimientos geográficos y a las rutas comerciales del periodo comprendido entre finales de la Edad Media y principios del siglo XVIII, el lugar físico de su consumo, el espacio público del rito, el café y después el bar, es hijo de la Edad Moderna y de la llegada de una nueva clase: la burguesía. Las cafeterías se convierten en puntos de referencia, de cultura, de reunión, de placer, de discusión, de juego y de celebración de un rito. Se convierten, por tanto, en fieles espejos de la sociedad y de las civilizaciones occidentales. A través del café se puede ver cómo las distintas clases sociales y los distintos estilos de vida han ido dejando su huella en las ciudades a lo largo del tiempo. Jean Dethier escribe: «La evolución tipológica del café en los últimos tres siglos se corresponde perfectamente con las mutaciones sociales de la era moderna». En la cultura italiana, por lo menos del siglo XX en adelante, el café no se asocia a un estrato social o a un estilo de vida particular: hombres, mujeres, jóvenes, ancianos, ricos, trabajadores, septentrionales, meridionales: todo el mundo bebe café. Es un producto indudablemente universal. Esto se debe a que en todas las culturas el café tiene una excelente relación con el trabajo y el estudio. Se puede tomar en poco tiempo o mientras se trabaja, se presta a acompañar un encuentro casual durante el día, marca las pausas de los congresos y las lecciones. Representa, en resumen, una especie de puntuación del día: inaugura la mañana, cierra las comidas, llena las pausas, marca los encuentros entre las personas. |









