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Existen numerosos cuentos y leyendas en los que el café ocupa el centro de la narración. Porque su historia es larga y fascinante. Una historia que inició en torno al 900-1000 d.C. y que sigue viva en nuestros días. Y como sucede en muchos casos, los cuentos, las leyendas y las tradiciones se entrelazan con la realidad, creando y contando historias más o menos reales.

Una de las más conocidas, por no decir la más famosa, es la de Kaldi, un pastorcillo del Yemen. No viendo llegar las cabras que estaba vigilando, decidió ir en su busca. Las encontró nerviosas y llenas de energía y, curioso de conocer la causa de su comportamiento, las siguió y vio que se sentían atraídas por los pequeños frutos rojos de un arbusto que crecía abundantemente en la zona. Decidió llevar estas «mágicas» bayas a un monasterio cercano, donde el abad, creyendo que eran obra del diablo, las arrojó al fuego. Las bayas empezaron a emanar un intenso aroma, por lo que las sacaron de las llamas. Como solían hacer con otros frutos, los monjes prepararon una tisana, la bebieron y constataron que lograba mantenerlos despiertos incluso durante las vigilias de oración. Poco tiempo después aprendieron a utilizar las distintas partes de la planta (hojas y bayas) para preparar la bebida negra y caliente que conocemos en la actualidad.

Otra pequeña historia tiene como protagonista a Omar, conocido por sus dotes de sanador mediante la oración. El derviche, exiliado de su ciudad natal Mokha (Yemen) y recluido en una gruta en el desierto, estaba a punto de morir de hambre cuando vio unas bayas rojas, que brotaban en unos arbustos cercanos. Las recogió y, como le parecieron demasiado amargas y duras, las tostó y las puso a hervir. Después de beber el agua de la cocción se sintió revigorizado, y decidió ofrecérsela también a un viejo peregrino debilitado por el viaje, que reanudó milagrosamente el camino hacia su casa. Cuando la noticia de la curación llegó a Mokha, Omar fue invitado a volver a la ciudad con los máximos honores.

Otra historia cuenta como el Arcángel Gabriel se presentó ante Mahoma para ayudarle a superar la improvisa enfermedad del sueño que había contraído. A punto de ser derrotado durante una discusión política, después de tomar unos sorbos de esta «infusión divina» no solo recuperó inmediatamente las fuerzas y la salud, sino que se sintió tan bien que fue capaz de desarzonar 40 hombres y de hacer felices a 40 mujeres.

Algunos estudiosos afirman que también era café la bebida amarga que Homero consideraba útil «contra los disgustos, los rencores y el recuerdo de los dolores» y que Helena añadió al vino para secar las lágrimas de los invitados en la mesa de Menelao.

Un monje árabe, el jeque Ali Ben Omar, se quedó solo mientras viajaba hacia Mokha en compañía de su maestro Schadeli, ya que este murió en el camino. Se le apareció un ángel que lo alentó a continuar hacia esa ciudad, donde se había desatado una terrible peste. Allí, con sus oraciones a Allah consiguió curar muchos enfermos, e incluso a la hija del rey, de la que se enamoró perdidamente. Sin embargo el rey alejó al monje, que se vio obligado a vivir en la soledad de la montaña. Para placar el hambre y la sed, tuvo que invocar la ayuda de su maestro, que le envió un magnífico pájaro de plumas variopintas y canto persuasivo. Despertándose aliviado con su melodioso canto, Omar se acercó para admirarlo, y al llegar al lugar vio un árbol revestido con flores blancas y frutos rojos: la planta del café. Recogió algunas bayas e hizo una infusión de propiedades saludables, que a continuación ofreció repetidamente a los peregrinos que recibía en su refugio. Al difundirse la noticia de las cualidades mágicas de esta bebida, el monje fue acogido de nuevo en el reino con grandes honores.

Una última leyenda cuenta que en un vastísimo territorio de Abisinia se propagó un enorme incendio. Como la zona estaba cubierta de plantas espontáneas de café, el aroma se difundió a decenas de kilómetros de distancia, por lo que fue considerado como una gigantesca torrefacción natural.